Prensa     

  Revista VEINTITRES - Enero 2014 

 

 





 



CHAU PUNTA: LAS RAZONES DE LA DESPEDIDA DE UN SÍMBOLO

No va más
Fue el ícono del lujo en los ’90. Los precios exorbitantes y el ajuste de las marcas ahuyentaron al argentino deseoso de mostrarse. Desfiles cancelados y farándula devaluada.




Pocos. Aunque bajó el precio de los alquileres, la ocupación descendió.

Supo ser el máximo ícono cultural y económico de los ’90 y primeros años del nuevo milenio. La versión latina de Montecarlo, Ibiza y Saint Tropez. Meca de ricos y famosos, templo de descontrol, excesos opulentos y glamour. Punta del Este era la sucursal del jet set porteño durante el verano. El destino predilecto para quienes buscaban por unos días sentirse el “número uno”, tener poder –o al menos rozarse con aquellos que lo tenían–. El sitio indicado para exhibirse y venderse.
Fernando Peña logró definirlo: “Punta del Este no es un descanso. Es ir a rendir examen, dar el presente”. También decía que “da permiso para todo. En Punta se drogan, en Buenos Aires no. En Punta corren a la mañana temprano, en Buenos Aires no. En Punta leen, en Buenos Aires no. En Punta se comportan como idiotas, en Buenos Aires, esa gente, también”. Salvo para los que realmente disfrutaban de las bondades del paisaje esteño, era el súmmum de la frivolidad.
Pero Punta del Este ya no es lo que era. La cultura de la ostentación dejó de estar de moda –incluso está mal vista– por lo que ir a “Punta” para venderse ya no rinde. Y hay otro dato que no es menor: está carísimo y eso ahuyenta tanto al argentino aspiracional como a aquel de clase media que disfrutaba de este balneario uruguayo a 45 minutos en avión de Buenos Aires.

Cóctel letal. En enero de 2005, Veintitrés publicó la nota Argentinos: la invasión, que reflejaba la vuelta del “deme dos” criollo y cómo Punta del Este había despojado a Miami como destino para invertir y a gastar sin fijarse en los precios. En ese momento, Argentina tenía un tipo de cambio favorable para viajar al exterior y la conversión a moneda uruguaya incentivaba gastar aún más. Este año, a las trabas para comprar dólares o cualquier otra moneda extranjera se sumó el recargo del 35 por ciento para consumos en el exterior. Y bajo esas reglas todo resulta, incluso, más caro de lo que ya está.

Es por eso que la estrella del verano esteño no es ni la trikini ni los anteojos RayBan, sino la heladerita con bebidas. En la playa el café cuesta 40 pesos argentinos, la gaseosa 45 y la cerveza chica 50. Almorzar en el parador también es imposible: por menos de 30 dólares no se consigue nada. Hasta el clásico chivito –el sándwich de carne uruguayo– con papas fritas, gaseosa y un helado de palito superan esa cifra.

Salir a cenar es un lujo que pocos pueden darse. Los platos arrancan en 250 pesos y a eso hay que sumarle cubierto, bebida, postre y propina. El supermercado tampoco es económico (30 pesos cada sándwich de miga y 250 el kilo de cerezas a modo de ejemplo) pero es una opción más barata.
“Los tragos están 100 pesos y ya no existe entrar gratis a un boliche, salvo que vayas antes de las 12, algo que resulta impensado ya que uno se queda hasta tarde en la playa –Uruguay está una hora adelantado con respecto a la Argentina– y se cena tarde. En general, las chicas pagan 50 dólares y los hombres 80, como mínimo”, cuenta Camila, una rosarina de 22 años que veranea con su familia pero comparte las noches con un grupo de amigas.

Uruguay es caro incluso antes de llegar. El pasaje en Buquebús a Punta del Este está alrededor de 1.500 pesos y si uno quiere llevar el auto tiene que sumarle otros mil de baulera. Con el cierre de Pluna –aerolínea uruguaya que se presentó en quiebra en 2012– Aerolíneas Argentinas es la única compañía aérea que llega a Maldonado. Las tarifas arrancan en 2 mil pesos pero casi nunca se consiguen pasajes por menos de 2.500.

Respecto a los alquileres, el dueño de una de las mayores inmobiliarias de Punta del Este contó que “los precios están un 30 por ciento más baratos que en 2013 y pese a eso cuesta alquilar. La quincena en un departamento de dos dormitorios en un edificio con amenities está entre 4.500 y 5 mil dólares, mientras que el año pasado estaba 7 mil. Que el edificio no tenga amenities o se aleje un poco del centro puede abaratar mil dólares la transacción, no mucho más”. Fernando Massa, presidente de la Asociación de Restaurantes y Hoteles de Punta del Este, comentó que “el movimiento turístico comenzó flojo” en la última semana del 2013.

Pero Punta del Este no sólo está caro para el argentino de clase media. La amarra de un barco en el puerto cuesta cerca de 15 mil dólares la temporada, la hora de mucama 8 dólares y el green fee de golf (el derecho a jugar) cuesta 150 dólares en una cancha de 18 hoyos. “Desde hace 22 años vengo a trabajar a Uruguay y desde que abrió el Conrad doy clases de gimnasia en el hotel. Nunca encontré Punta del Este tan caro como este año. Si no fuera por laburo me sería imposible venir –se lamenta Daniel Tangona, personal trainer elegido por los famosos–. La hora de fitness está entre 50 y 100 dólares y si bien este año ya les di clases en el Conrad a Catherine Fulop, Verónica Varano y Gabriel Corrado, la mayoría de mis clientes particulares no son argentinos sino brasileros y paraguayos”.

Aguachentos. La competencia de fuegos artificiales la noche del 31 de diciembre se repetía cada año como un ritual. Mauricio Macri y Eduardo Constantini se disputaban esa victoria y el honor de haber organizado la mejor fiesta privada. Eran tiempos de festejos bañados en falso glamour, donde las celebrities locales se esmeraban por pertenecer.

Con los precios tan altos ya no abundan los famosos medio pelo y es raro encontrar veraneando a los que no tienen casa propia o son invitados por alguna marca. Lejos quedaron aquellos veranos en los que actores como Bruce Willis, Uma Thurman, Kevin Bacon y Kyra Sedgwick o Pamela Anderson se daban cita en la arena esteña.

Esta vez, la nómina de celebridades que eligieron al balneario uruguayo como destino de la temporada fueron vernáculas: Marcelo Tinelli, Susana Giménez, Valeria Mazza, Jesica Cirio, Santiago del Moro y Pampita Ardohain, entre otras.

Para sumar al desconcierto de las celebridades que buscan fiestas tan atractivas a los flashes y las cámaras de televisión, las reuniones privadas también pasaron a la historia. “Tradicionalmente, cualquier excusa era buena para que los veraneantes organicen fiestas en sus chacras. Las de Eduardo Costantini y Franco Macri marcaban la tendencia de la temporada y este año no se hacen”, alerta la relacionista pública Marisa Koifman. Este año, su agencia acogió la llegada del heredero Eric Trump, el único internacional que hizo pie en la península por dos días, aunque fue para inaugurar un emprendimiento inmobiliario.

“El grueso del turismo viene los fines de semana y es uruguayo –asegura Koifman–. Ir a comer afuera es un lujo: la gente se queja porque los alquileres están por las nubes y las marcas piensan mucho en acortar la temporada. Antes, todas las carteleras publicitarias estaban cubiertas, ahora muchas están vacías”, agrega. Un claro ejemplo del abaratamiento de la inversión que este año hicieron las marcas es el de la fábrica de automóviles alemana BMW. Interesada en el mercado esteño, la marca solía alquilar una finca en José Ignacio, pero este año la resignó a favor de la joyería Sensation Du Temps.

“La temporada de Punta termina el 15 de enero”, sentencia Benjamín Buzzi, vocero de Chandon. Las marca de espumantes confirmó que realizará la impuesta Fiesta de Blanco, el must de un verano que este año se achicó. Según Buzzi, “para algunas marcas esto es una ventaja, porque Punta del Este volvió a ser el lugar exclusivo, con fiestas sólo para pocos”.

Los desfiles de Roberto Giordano y Pancho Dotto fueron durante años la meca de la frivolidad, el lugar elegido para mostrarse. Poco importaba si uno tenía asiento, se perdía la playa o se moría de calor porque no había aire acondicionado. Todo sacrificio era válido para cumplir el objetivo: conseguir aprobación. Pertenecer a cualquier costo.

“El año pasado no hicimos el desfile por una decisión mía. Quería descansar, aunque seguí buscando caras nuevas”, explica Pancho Dotto sobre el tradicional evento que hasta el año pasado encabezaba en las playas de José Ignacio. Este año lo cambió por la fiesta de apertura de Dotto House, la histórica casa ubicada en Punta Chica, donde muda sus oficinas cada verano. “Punta es glamour y eso no se discute –explicó el manager– Los precios están un poco más altos, pero los que vienen siempre no van a dejar de venir”.

El desfile del peluquero no se hace desde 2012, cuando comenzó a tener problemas legales en Argentina por una deuda con el fisco. Pero en 2013 el papelón fue doble: hizo su habitual convite en el Hotel Conrad y a dos días del desfile, el hotel canceló el evento. Este año ya casi ni se habla de los emblemáticos desfiles que realizó por más de treinta temporadas.

Cinco estrellas. “El Conrad es un mundo aparte”, es una de las frases que más suena en el balneario uruguayo. El hotel tiene 294 habitaciones y la más económica (sin promoción) cuesta 600 dólares la noche y hoy no hay disponibilidad. Un relacionista público del hotel contó que “no se les paga a los famosos para hacer presencias. Se los invita con todo pago, pero no se les da efectivo. La prioridad no es el famoso sino el jugador. Como no hay cuartos disponibles se subalquilan habitaciones en otros hoteles cercanos para prensa, celebrities e invitados”. Un cambio notable que realizó el hotel con la caída del turismo argentino fue apuntar a los visitantes brasileños. “Años anteriores el porcentaje era un 70 por ciento de argentinos, un 25 de brasileros y un 5 de uruguayos. Hoy esta más parejo: casi 50 y 50”, cuenta la fuente. La apertura del boliche OVO, dentro del hotel, refleja esta tendencia: tiene un relacionista público que es oriundo de Brasil y hasta se realizó una grilla especial de DJs brasileros. La entrada es casi prohibitiva: 50 dólares las mujeres y 65 los hombres o más, según la noche y el DJ invitado. Además, tiene mesas vip que cuestan entre 3.500 y 5 mil pesos para 8 personas con bebida incluida.

Disgusto. Es sabido que Punta exige vestirse a la moda y tanto en restaurantes, paradores, casinos, y hasta en la playa –sobre todo en la playa– todos están “bien vestidos”: Lo cierto es que celebrities y turistas aprovechan el descanso para ponerse aquellas cosas que en Buenos Aires no se atreven a lucir por temor a los robos. Abundan los autos último modelo, relojes carísimos y carteras de revista. En Punta “vale todo”. Pero con el inicio de la temporada y la llegada de veraneantes comenzaron los clásicos robos (el año pasado asaltaron al heredero del imperio Fiat, Lapo Elkann; los empresarios argentinos Alejandro Bulgheroni y Santiago Soldati, entre otros robos vip), que son poco frecuentes a lo largo del año.

El 26 de diciembre, cinco argentinos fueron víctimas del primer robo. Mientras tomaban sol en Montoya, ladrones entraron a la casa donde se hospedaban y se llevaron 20 mil dólares. A los pocos días, en otro asalto a turistas argentinos en un domicilio también cercano a La Barra se llevaron 15 mil dólares para el pago de un alquiler. Y el tercer hurto que tuvo como protagonistas a un grupo de porteños tuvo lugar en una casa ubicada sobre la avenida Francia, en el centro. Se llevaron joyas y 30 mil dólares. Andrés Jafif, presidente de la Asociación de inmobiliarias de Punta del Este, asegura que los robos son contados y que el “95 por ciento de las propiedades cuenta con un sistema de alarma”. Y Horacio Díaz López, director de turismo de la intendencia de Maldonado desmiente la tendencia: “Descarto que haya más robos que años anteriores o menos gente. El departamento está creciendo como segunda residencia. Hoy se vende el metro cuadrado de 3 mil a 6 mil dólares y tanto personas de la región como cada vez más europeos compran casas para vacacionar”.

Pero uno de los mayores méritos de Punta del Este es que sabe cómo adaptarse. En la temporada 2005, por caso, cuando el último grito de la moda era la vida sana, el movimiento slow (lento) y las clases de yoga al aire libre, la ciudad esteña se convirtió en el centro metroespiritual latino y siguió fidelizando “clientes” con fiestas que exigían la punta en blanco como vestimenta exclusiva y ceremonias del té en paradores y hoteles. Alan Faena y Eduardo Costantini –dos de los mayores habitúes de este balneario– impulsaron estos rituales.

El arribo estival de argentinos también sobrevivió los cortes de ruta y el bloqueo de puentes internacionales en el verano 2007. El conflicto por las plantas de celulosa y la tensa relación que generó entre los gobiernos de Tabaré Vázquez y Néstor Kirchner no frenó el turismo. Con incentivos para llegar a Uruguay por medios aéreos y fluviales, los números de la temporada revirtieron pronósticos y resultaron exitosos.

Pero esta vez, todo parece indicar que Punta ya fue para los argentinos. Es la peor temporada en mucho tiempo y los especialistas no vislumbran que la ecuación vaya a cambiar. Es cierto: Punta cambió. Pero los argentinos también. Y ahora eligen otros destinos.

------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

Para cuidar el bolsillo

El alivio es tenue pero existe: un porcentaje de lo que se paga con tarjeta de crédito vuelve en forma de reembolso con el recibo del mes. Para incentivar el turismo, el gobierno uruguayo emitió una serie de medidas para que la cuenta no duela tanto. Del 35 por ciento de recargo una parte se compensa con la devolución del IVA (22 por ciento) para los gastos saldados con plásticos emitidos en el exterior. Desde el sector gastronómico también surgió una iniciativa para beneficiar a quienes paguen en efectivo. Es una suerte de “tipo de cambio turista” según el cual en todos los restaurantes de Maldonado se toma el dólar a 24 pesos, cuando en las casas de cambio está cerca de 21 (un descuento del 12,5 por ciento para el que pague con verdes).

.



 

 

 



(Daniel Tangona, (54911) 3639-1200)